sábado, 19 de enero de 2013





Uno de los grandes mitos que han acompañado al hombre, incluso antes de que se pudiera reconocer a sí mismo es el de la muerte, que entre sus manifestaciones, se avisa con la vejez. La vejez que cada vez está dando mayores cambios; en la tribu la vejez, para el afortunado, llegaba a los 40 o 45 años, ahora la vejez puede ser de 60, de 70, de 80 años, o más.
Desde luego que la vejez se puede enfocar como goce, como experiencia, como plenitud, como diversión (Elsa y Fred), sin embargo es limitado solo ver el grato de la vida, pues la ésta es un sistema muy complejo, algo que se puede observar en la cinta Amor (Amour) coproducción de Francia, Alemania y Austria y dirigida por Michael Haneke (La pianista, Funny games, entre otras).
Haneke tiene la virtud de exponer el lado crudo de vida, pero sin llegar a sofocar como David Cronenberg. En Amour vemos la espiral de dolor, degradación y sufrimiento, es rebasar el plano de la palabras para dejar que las acciones hablen por sí mismas, no es precisamente sodidez, es tan solo el relato de lo cotidiano en un marco de silencio que llena los sentidos del espectador, pues así se tiene tiempo de razonar lo que ve y llegar al centro del sentimiento.
Amour relata la parte final de la vida armónica de Ann y George, un par de ancianos que gozan su departamento, su clasismo, sus lecturas, su vida ya serena, solitaria, pero en compañía y fidelidad calma. Ann sufrirá una enfermedad que le genera un tipo de autismo (por así decirlo) y la cirugía que la curará, de bajo riesgo, terminará paralizándole la mitad el cuerpo y paulatinamente ira descendiendo a las profundidades de la demencia, de la invalidez.
La virtud de la cinta de  Haneke radica en el silencio, en diálogos bien pensados, alejados de epopeyas absurdas (gracias a ti aprendí a vivir, eres lo mejor de mi vida, y demás frases gloriosas y exageradas en lo cotidiano), vemos la pérdida de suprema de la intimidad (uso de pañal geriátrico), las caídas de la cama, la demencia de Ann, las noches de delirios y el amor y compañía de Goerge que lejos de desesperar, acepta el  rol de vida en que está inmerso.
La vida familiar, los vínculos sociales, lejos de girar en torno a los ancianos solo pasan de frente, a final de cuentas nada van a cambiar en la vida de Goerge y en la agonía de Ann. Haneke, dentro de esta aridez de diálogos encuentra la riqueza narrativa en el silencio, en las metáforas, en la interpretación, no es para espectadores que tiene que verlo todo, hace lírica para el que desea completar el rompecabezas.

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