Uno de los grandes mitos que han acompañado al hombre,
incluso antes de que se pudiera reconocer a sí mismo es el de la muerte, que
entre sus manifestaciones, se avisa con la vejez. La vejez que cada vez está
dando mayores cambios; en la tribu la vejez, para el afortunado, llegaba a los
40 o 45 años, ahora la vejez puede ser de 60, de 70, de 80 años, o más.
Desde luego que la vejez se puede enfocar como goce, como
experiencia, como plenitud, como diversión (Elsa y Fred), sin embargo es limitado solo ver el grato de la
vida, pues la ésta es un sistema muy complejo, algo que se puede observar en la
cinta Amor (Amour) coproducción de Francia, Alemania y Austria y dirigida por
Michael Haneke (La pianista, Funny games, entre otras).
Haneke tiene la virtud de exponer el lado crudo de vida,
pero sin llegar a sofocar como David Cronenberg. En Amour vemos la espiral de dolor,
degradación y sufrimiento, es rebasar el plano de la palabras para dejar que
las acciones hablen por sí mismas, no es precisamente sodidez, es tan solo el
relato de lo cotidiano en un marco de silencio que llena los sentidos del
espectador, pues así se tiene tiempo de razonar lo que ve y llegar al centro del
sentimiento.
Amour relata la parte final de la vida armónica de Ann y
George, un par de ancianos que gozan su departamento, su clasismo, sus
lecturas, su vida ya serena, solitaria, pero en compañía y fidelidad calma.
Ann sufrirá una enfermedad que le genera un tipo de autismo (por así decirlo) y
la cirugía que la curará, de bajo riesgo, terminará paralizándole la mitad el
cuerpo y paulatinamente ira descendiendo a las profundidades de la demencia, de
la invalidez.
La virtud de la cinta de Haneke radica en el silencio, en diálogos bien
pensados, alejados de epopeyas absurdas (gracias a ti aprendí a vivir, eres lo
mejor de mi vida, y demás frases gloriosas y exageradas en lo cotidiano), vemos
la pérdida de suprema de la intimidad (uso de pañal geriátrico), las caídas de la cama, la demencia de
Ann, las noches de delirios y el amor y compañía de Goerge que lejos de desesperar,
acepta el rol de vida en que está
inmerso.
La vida familiar, los vínculos sociales, lejos de girar en
torno a los ancianos solo pasan de frente, a final de cuentas nada van a
cambiar en la vida de Goerge y en la agonía de Ann. Haneke, dentro de esta
aridez de diálogos encuentra la riqueza narrativa en el silencio, en las
metáforas, en la interpretación, no es para espectadores que tiene que verlo
todo, hace lírica para el que desea completar el rompecabezas.

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