Hay personas que viven en
castillos de azúcar, sus paredes son claras, suaves, dulces. Estos castillo
permiten que todo en su vida se muestre como es, transparente, cristalino;
familia y desconocidos pueden ver el grado de felicidad en que vives, incluso aceptarlo con agrado. Vivir
tantos años en ese castillo dulce hace que se vea la vida tan plena que nunca
cruce por tu mente que un día, cualquiera, puede llover.
Como si se
tratara de azúcar La delicadeza (La
délicatesse, 2011) es una cinta de los hermanos Foenkinos, en donde se aborda
el frágil equilibrio que existe no solo es las relaciones humanas, sino en la
vida misma, el sistema que conforma, justamente lo delicado del instante, lo impredecible de los estable
y los sorprendente de lo inevitable. Hasta cierto punto la obra sorprende pues
en las filmografías de cada uno de los hermanos es dispar. En el caso de David,
su experiencia es más íntima (Une hostorie depieds); en tanto Stephane ha
probado más la popularidad con cintas del 007 (Casino Royal, Un día para morir)
y Medianoche en París (2011).
La delicadeza tiene como gran acierto la
presencia de Audrey Tautou (Amelie, Código da Vinci) que interpreta a una joven que de una
vida plena con trabajo, matrimonio feliz, planes de hijos,
incluso con suegros agradables, enviuda de manera súbida de Franciose (Pio
Marmaï). Este escenario ayuda a directores y actores a jugar con los gags de la
vida moderna: el trabajo absorbente en la empresa, el acoso a la mujer solitaria, el
encierro en el pasado, la insignificancia del ser, todo ello enmarcado en un
lenguaje alejado de frases heroicas, melosas o que delaten de manera tosca u obvia el
sufrimiento.
A través de la
historia, los hermanos Foenkinos logran mover la historia, de nueva cuenta a
través de imágenes y narraciones con sinapsis sencillas pero efectivas, con un
humorismo natural, evidente, incluso ingenio, que descansa en gestos y evidencias simples, todo esto encarnado en la construcción del personaje de Markus
(Franciose Lundl) un migrante sueco desgarbado, poco agraciado, incluso
insignificante para sus compañeros, y que de manera casual e inesperada empezará a
ocupar el lugar vacío en el corazón de Nathalie.
Con movimientos tímidos, nervisos o cautos, negaciones de sentimientos, citas sin postre y huidas en
plena calle, besos robados y otros en abierto atraco, es que se va hilando esta
nueva historia de amor que puede prescindir del lecho amatorio por estar
tomados de mano cada quien en su sillón.
En La
delicadeza se expondrá la situación límite en que las personas vuelven a su
origen, en donde el plano de la cámara nos muestra a Nathalie dejando el plan y
la proyección laboral, acoso de su jefe, la amistad en apariencia recíproca y en general la
burbuja que se había construido, para encontrarse en un campo en medio de la
nada en donde se muestra la dualidad de las flores abundantes o el campo solo
empastado.
Nathalie y
Markus como la gran broma del amor perfecto, del amor alejado estereotipos, de amor
de clices, volverán al origen, a soltar al pasado, a reconocer los fundamentos,
e invitarán al espectador a saber que disfrutó una cinta que no requiere de
frases plásticas y que de manera delicada crea un ambiente de felicidad bien
ganada, sobradamente ganada, como si de pronto nos hubiéramos vuelto a
congraciar con el sabor del azúcar.
