martes, 9 de abril de 2013

Lo sutil de lo delicado



Hay personas que viven en castillos de azúcar, sus paredes son claras, suaves, dulces. Estos castillo permiten que todo en su vida se muestre como es, transparente, cristalino; familia y desconocidos pueden ver el grado de felicidad en que vives, incluso aceptarlo con agrado. Vivir tantos años en ese castillo dulce hace que se vea la vida tan plena que nunca cruce por tu mente que un día, cualquiera, puede llover.
Como si se tratara de azúcar La delicadeza (La délicatesse, 2011) es una cinta de los hermanos Foenkinos, en donde se aborda el frágil equilibrio que existe no solo es las relaciones humanas, sino en la vida misma, el sistema que conforma, justamente lo delicado del instante, lo impredecible de los estable y los sorprendente de lo inevitable. Hasta cierto punto la obra sorprende pues en las filmografías de cada uno de los hermanos es dispar. En el caso de David, su experiencia es más íntima (Une hostorie depieds); en tanto Stephane ha probado más la popularidad con cintas del 007 (Casino Royal, Un día para morir) y Medianoche en París (2011).
La delicadeza tiene como gran acierto la presencia de Audrey Tautou (Amelie, Código da Vinci) que interpreta a una joven que de una vida plena con trabajo, matrimonio feliz, planes de hijos, incluso con suegros agradables, enviuda de manera súbida de Franciose (Pio Marmaï). Este escenario ayuda a directores y actores a jugar con los gags de la vida moderna: el trabajo absorbente en la empresa, el acoso a la mujer solitaria, el encierro en el pasado, la insignificancia del ser, todo ello enmarcado en un lenguaje alejado de frases heroicas, melosas o que delaten de manera tosca u obvia el sufrimiento.
A través de la historia, los hermanos Foenkinos logran mover la historia, de nueva cuenta a través de imágenes y narraciones con sinapsis sencillas pero efectivas, con un humorismo natural, evidente, incluso ingenio, que descansa en gestos y evidencias simples, todo esto encarnado en la construcción del personaje de Markus (Franciose Lundl) un migrante sueco desgarbado, poco agraciado, incluso insignificante para sus compañeros, y que de manera casual e inesperada empezará a ocupar el lugar vacío en el corazón de Nathalie.
Con movimientos tímidos, nervisos o cautos, negaciones de sentimientos, citas sin postre y huidas en plena calle, besos robados y otros en abierto atraco, es que se va hilando esta nueva historia de amor que puede prescindir del lecho amatorio por estar tomados de mano cada quien en su sillón.
En La delicadeza se expondrá la situación límite en que las personas vuelven a su origen, en donde el plano de la cámara nos muestra a Nathalie dejando el plan y la proyección laboral, acoso de su jefe, la amistad en apariencia recíproca y en general la burbuja que se había construido, para encontrarse en un campo en medio de la nada en donde se muestra la dualidad de las flores abundantes o el campo solo empastado.
Nathalie y Markus como la gran broma del amor perfecto, del amor alejado estereotipos, de amor de clices, volverán al origen, a soltar al pasado, a reconocer los fundamentos, e invitarán al espectador a saber que disfrutó una cinta que no requiere de frases plásticas y que de manera delicada crea un ambiente de felicidad bien ganada, sobradamente ganada, como si de pronto nos hubiéramos vuelto a congraciar con el sabor del azúcar.

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